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Política | 10 nov 2021

Pueblos Alemanes: la magnífica iglesia con vitrales europeos y los mensajes cifrados de un pintor enamorado

El artista dejó escrito en lo alto de una columna el nombre de un amor prohibido. Pero no es el único secreto que guarda la parroquia de la Colonia San José, muy cerca de Coronel Suárez.


Por: La Nación

¿Ya fueron a los Pueblos Alemanes? ¿Visitaron la iglesia de la Colonia 2? ¿Encontraron los mensajes escondidos en las pinturas? Las preguntas abordan al turista que llega a Coronel Suárez, la ciudad del sur bonaerense que evoca al militar Manuel Isidoro Suárez, prócer de la batalla de Junín y bisabuelo del escritor Jorge Luis Borges. Desde allí, son apenas unos minutos en auto hasta las colonias que los alemanes del Volga fundaron a fines del siglo XIX. Y el paseo vale la pena. La Parroquia San José Obrero, construida en 1927 con el aporte de los inmigrantes, es verdaderamente un tesoro en medio de la llanura.

El monumental edificio de ladrillo se adivina desde la ruta por las dos torres de 50 metros. Con una nave para 600 personas, es la tercera iglesia que tuvo la Colonia San José, a medida que las otras iban quedando chicas para una comunidad esforzada que había llegado huyendo de la hambruna y profesaba una profunda fe.

El interior deslumbra por sus capillas y la galería de vitrales traídos de Europa. Son 71, de finísima factura, cada uno firmado al pie por las familias que aportaron trabajo o el dinero de la cosecha para su construcción. Los altares de mármol son obra del taller Mahlknecht, de los hermanos alemanes Leo, Vigil y Augusto, el mismo que trabajó en la Catedral de La Plata. Y entre las pinturas que decoran el altar, los techos y las columnas quedó la huella de un amor prohibido que tuvo como protagonistas a uno de los artistas que trabajaba en el templo y la bella joven que vivía enfrente.

Romance de juventud

“Mi madre se llamaba Margarita Imelda Schwindt y era una mujer muy hermosa. De los nueve hermanos, ella era la menor. Tenía 16 años cuando ocurrió esta historia”, dice Juan Hippener, incansable a los 70 recién cumplidos, uno de los vecinos más populares de la colonia, organizador del Füllsen Fest, dispuesto a contar un poco más de la anécdota familiar mientras comparte con LUGARES una amena reunión en la vinoteca Ja!, de Coronel Suárez.

“Mi abuelo Antonio Schwindt y mi abuela Catalina eran gente muy religiosa. Vivían justo enfrente de la iglesia en una casa de color verde, con rejas, que todavía existe. El pintor se llamaba (Rodolfo) Kaslater y con su hermano José trabajaron durante un año decorando la nave. En ese tiempo se enamoró de mi madre. Ella era muy joven y mi abuelo no avaló esa relación. Tenían cierta posición económica y no quería para su hija una vida ‘gitana’, una vida de artista”, grafica.

Dispuesto a que su amor no quedara en el olvido, Kaslater volvió un día por la iglesia y dejó estampado en letra cursiva el nombre de sus desvelos. “Imelda”, se puede leer todavía, algo borroneado, en la segunda columna de la izquierda, bien arriba.

Un sacerdote descubrió la leyenda tiempo después, cuando ella ya era la feliz esposa de Matías Hippener (con quien tuvo cuatro hijos, Juan es el menor), y el hallazgo conmovió profundamente a Imelda, según contó en una entrevista que rescata el libro Iglesia San José Obrero, símbolo de un pueblo religioso, de Javier Díaz y Manuel Valea.

“José y Rodolfo Kaslater pintaban de espalda los ángeles que tiene la iglesia, con luces de vela, porque aún de día hay muy poca luz. Como si lo estuviera viendo...una tabla con puras velas en los andamios y él... pintando”, recordó. Eran largas jornadas de trabajo y cuando hacían una pausa se cruzaban a su casa: “Mientras José tocaba la verdulera (N de la R: un tipo de acordéon), Rodolfo y yo bailábamos en la cocina. ¡Cómo me gustaba bailar..!”.

“Él pintaba todo el día, pero, a la siesta, se cruzaba y nos veíamos dos minutos ¡Si habré barrido el comedor de la abuela para esperarlo!”, agregó en esa entrevista que recupera su sentir adolescente.

Por esas vueltas del destino, 45 años después, en la ciudad de La Falda, Imelda volvería a tener noticias del pintor enamorado. La anécdota también está consignada en el libro y Juan Hippener la recuerda de esta manera: “Estaba con su hermana compartiendo unas vacaciones en las sierras cuando comentaron que eran de Coronel Suárez, y un señor les contó que había tenido dos hermanos trabajando allí, en la iglesia. Al enterarse de que se llamaba Imelda, él casi se desmaya del impacto. ¡Toda la vida mi hermano estuvo pensando en usted!, le dijo”.

Rodolfo Kaslater no se casó ni tuvo hijos y murió a los 48 años. Según su hermano, nunca dejó de pensar en Imelda.

Caricaturas, pavos y tesoros

Pero la huella del amor que no pudo ser no es el único mensaje cifrado que los artistas dejaron ocultos en los interiores de la Parroquia San José Obrero. Hippener recomienda mirar con atención la tercera columna hasta descubrir el rostro de Cristo emergiendo de las pinturas que emulan el diseño de mármol.

En otra columna está la cara adusta del Padre Juan Scharle. El sacerdote fue el gran artífice de la construcción de la iglesia en tiempo récord y todos lo describen como un hombre de carácter que les marcaba el paso a vecinos, obreros y artesanos. La nariz luce desproporcionada, a propósito. Casi una caricatura. Picardía de los pintores.

Parece que el Padre Scharle tenía un par de pavos reales que se movían a sus anchas por la casa parroquial donde se alojaban los artistas. Más de una vez, cuando éstos iban a buscar sus pigmentos y pinceles se encontraban con todo tirado, por lo que le pidieron al cura que los encerrara, o los llevara a otro lado, pero Scharle ignoró el reclamo. Y no sólo eso, les advirtió que ni se les ocurriera tocarlos. Esa sería la razón de las varias escenas de aves que pintaron atrás del altar, en una época en que los párrocos oficiaban la misa de espaldas al público. “Todos los días se acordará de estos pavos reales”, le habrían dicho. Leyenda o verdad, lo cierto es que son imágenes muy singulares, inhallables en otros templos de la época.

La visita guiada por la iglesia con la Fundación Raíces permite conocer numerosos detalles de este monumento a la fe. “La obra pictórica también correspondió a la firma Mahlknecht y se llevó a cabo desde 1936 a 1937, trabajaron 10 personas”, precisa Sofía Schmidt, secretaria de la institución. Bisnieta de colonos, vive con su familia en el pueblo de 3.500 habitantes y es una apasionada de la historia local. Sofía destaca otro tesoro de arte religioso de la nave central: las 14 estaciones del vía crucis, de 1,20m, talladas en madera y con las leyendas escritas en alemán, que habían sido donadas por familias alemanas para la capilla anterior.

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