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Información Local | 27 nov 2021

"Yo pensaba que tenía abuelo para rato", por la nieta de Tomás Schwab


Por: Manuela Nieves

Soy nieta de Tomás Schwab, pero estudio en otro país y vivo lejos de mi familia. Mi mayor miedo cada vez que me voy de Argentina es volver y que alguien ya no esté, por eso con mucho esfuerzo vuelvo todos los años, me desespera la idea de perderme de ver a mis abuelos y a toda la gente que amo. En noviembre de 2019 yo ya había comprado pasajes para ir a casa unas semanas después. Cuando desperté con 5 llamadas perdidas sabía que no podía ser algo bueno. Pero no imaginaba que lo que me iban a relatar era cómo el abuelo Tomás había sido asesinado de 22 puñaladas. Me tocó imaginarme la escena decenas de veces–a mí me tocó procesar todo sola de lejos– sin poder dormir, pensando ¿Por dónde entraron? ¿Cómo lo atacaron? ¿Qué hicieron para que les abriera la ventana? ¿Cómo terminó en el piso de la cocina bañado en su propia sangre? ¿Qué clase de persona dejó a mi abuelo de 91 años ahí tirado? ¿Quién me robó de ver a mi abuelo otra vez?

El abuelo Tomás. Que con 91 años no era el viejito débil de bastón que tal vez quien no lo conoce imagina, que todavía se levantaba temprano todos los días a trabajar. Que era fuerte y orgulloso, que no iba a dejarse robar ni dejarse matar así como así, que se defendió <<como un león>> y se fue peleando y todavía sin decir dónde guardaba su dinero. Que no estaba “en las últimas”, ni enfermo, ni mucho menos, que iba a vivir hasta pasados los 100 con toda certeza. Yo vuelvo todos los años por si acaso, y enhorabuena porque así pude verlo unos meses antes, pero yo pensaba que tenía abuelo para rato. Y así volví en diciembre y su casa estaba vacía, ya no tenía abuelo para visitar y ya nadie quería entrar a esa casa que pocas semanas atrás había quedado manchada por todos lados con la sangre del abuelo Tomás.

Yo pensaba que tenía abuelo para rato, pero cuando lo mataron y al día siguiente apresaron al único sospechoso, sentí el alivio de que al menos había justicia. El veredicto del último 19 de noviembre me tomó por sorpresa y el dolor empezó de nuevo. Claro, en Argentina justicia no hay.

¿Qué tanta evidencia se necesita para condenar a alguien de un asesinato? Si encontramos las zapatillas del asesino con sangre –consistentes con las huellas de sangre en la cocina de mi abuelo– el pantalón del asesino con sangre, el cuchillo que apuñaló al abuelo Tomás 22 veces, con su sangre, pertenencias de mi abuela y un vuelto de dinero con sangre, todo en casa de este sujeto. Su justificación ridícula de que “alguien le dio las cosas y lo amenazó para que las guardara” no resiste el más mínimo análisis: él no avisó a su familia “que estaban amenazados”, no se deshizo de las pruebas en el medio del campo y, de hecho, se fue a tomar unas cervezas con un amigo. Si fuera verdad, demostraría un cinismo compatible con el que se requirió para asesinar al abuelo así. Y bien frío que lo hizo, esa noche de lluvia que ahogaba los ladridos de los perros y cualquier otro ruido, cuando le golpeó la ventana a mi abuelo -estaría esperando un viejo indefenso al que golpear en la cabeza y punto- y se encontró con alguien que se defendió hasta el último segundo, agarrando la hoja del cuchillo que lo mató con la palma de la mano, como demuestran sus heridas.

¿Qué otra evidencia se puede pedir? Si no hay videos del crimen y el único testigo fue asesinado, qué más se puede pedir que toda la evidencia física posible, QUE LA TENEMOS, y una historia absurdamente débil que reposa en las palabras de un pibe que no quiere ir preso y su padre que tiene todas las razones para mentir. Su madre, por si acaso, no dio testimonio; entendible, es difícil mentir para defender a un asesino, aunque sea tu hijo. Pero si sabés que se requieren mentiras para defenderlo – porque la verdad no alcanza– entonces la verdad de su culpabilidad es innegable. Lo sabe su familia tanto como la mía.

Yo pensaba que tenía abuelo para rato, pero mis primos y yo ya no tenemos más abuelo Tomás, mis tíos y mi mamá no tienen más padre. Justicia tampoco tenemos. A nosotros no nos queda más que el consuelo de que él esté en un lugar más justo que éste y lo más importante, nos queda su cultura de trabajo y de justicia, que seguiremos perpetuando por generaciones para que pise más fuerte que la mentira y el cinismo de otros, que esta vez nos tocó tan de cerca a la familia de Tomás Schwab.

Manuela Nieves, nieta de Don Tomás

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